Pensar un poquito

 

“Si queremos ser medianamente rigurosos, o políticamente responsables, lo procedente podría ser valorar lo que tenemos y como se ha conseguido”

“De la teoría a la práctica hay la misma diferencia que del dicho al hecho, por lo que es conveniente tomar precauciones, nos vayan a salir por un ojo de la cara las lecciones prácticas de estos chicos tan enterados”

“El riesgo para España es dejarnos llevar por la incomodidad de ejercer la autoridad”

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Los clarines convocando a nuevas elecciones han sonado y ya volvemos al viejo argumentario de cada opción política, repetido con la misma convicción que los papagayos emiten sus sonidos guturales. Dan ganas de bostezar o, siguiéndoles el juego, de sumergirse en el más absoluto de los aburrimientos. O mejor, tomarse humorísticamente las enormes contradicciones que adornan sus mensajes.

El breviario de instrucciones a los candidatos parece, en muchos casos, estar hecho para convencer a los tontos, a los descerebrados o a los olvidadizos. Así por ejemplo, el que hacía de chofer al que luego llamó “pitufo gruñón”, ejerce ahora, poquísimo tiempo después, su jefatura para que no se exhiban banderas comunistas en sus mítines, afrentando al padrino de la boda, el contumaz Anguita, que dejó dicho con toda solemnidad, en el abrazo de arras, que “aquí todos somos comunistas”. Lástima que ahora toque abjurar de ello para invadir el espectro argumental de una nueva socialdemocracia. ¿Hay alguien que crea a estos “salva patrias”? Pues por lo que parece son muchos los que juegan al despiste… y todos contentos.

Con la misma reserva y con parecidas cautelas habrá que acoger todas las retahílas de promesas, lecciones de economía y futuribles mejoras sociales que compendian las diferentes ofertas electorales. Lo que ocurre es que la habilidad de los nuevos “come cocos” de la izquierda, capaces de pasar del antisistema “asalto a los cielos” al populismo bolivariano y del “comunismo rancio” a la socialdemocracia, con el mayor desparpajo y en un tiempo récord, hace ridículas las contradicciones, que lo son, de los otros contendientes en el tablero electoral. Iglesias, comunista desde su infancia, ha fagocitado al comunismo de Izquierda Unida, pidiendo que no exhiba sus símbolos, para  tragarse al PSOE disfrazándose de socialdemócrata.

Si queremos ser medianamente rigurosos, o políticamente responsables, lo procedente podría ser valorar lo que tenemos y como se ha conseguido. Porque ese invento de progreso, tolerancia, moderación y solidaridad que es la Unión Europea está siendo puesto en riesgo desde los dos extremos del arco político, desde el populismo neocomunista y desde el populismo xenófobo. Y España no es ajena a tal amenaza.

La Unión Europea solo pervivirá si defiende con convicción sus postulados de libertad y democracia que son ejemplo inalcanzable más allá de sus fronteras. Sin violencia verbal, pero con contundencia argumental, los líderes europeos, y lógicamente los españoles, deben poner en su sitio a los verdaderos adversarios de sus principios fundacionales.

A lo largo de la campaña que se inicia, los paladines del futuro, cantores de una “nueva” política, que es más vieja que los espantapájaros, tienen en común con otros “nuevos” políticos, jóvenes, aseados y de buen estilo comercial, aparte de su lógica ambición de tocar poder, el afán de dar demasiadas “lecciones” de cómo mejorar el país sin que, hasta la fecha, hayan acreditado una trayectoria de hechos que avalen su capacidad gestora. Como “adanes” de la cosa pública, piensan que, hasta que ellos no han llegado, nadie ha sabido gobernar ni encarar los problemas.

En general, la llamada “nueva clase política” la integran jóvenes atractivos, con telegenia, que construyen lecciones hermosas con buenas palabras que no pueden contrastarse con los hechos. De la teoría a la práctica hay la misma diferencia que del dicho al hecho, por lo que es conveniente tomar precauciones, nos vayan a salir por un ojo de la cara las lecciones prácticas de estos chicos tan enterados.

El mayor peligro que se cierne sobre nuestro futuro es el de no poner coto a la demagogia que estos días nos inunda. Es fácil prometer lo que no se puede dar, cuando a veces nos bastaría con que los políticos no nos pongan las cosas más difíciles de lo que ya están. “Lo que no puede ser no puede ser, y además es imposible” según la vieja sentencia popular. La prodigalidad es muy bonita, da felicidad a quien la práctica y a quien la recibe; pero cuando no hay sustento económico para mantenerla es la vía segura a la pobreza, la marginación y el suicidio social.

El riesgo para España es dejarnos llevar por la incomodidad de ejercer la autoridad. Lo estamos viendo en Barcelona y en otros lugares donde el populismo va sentando sus reales al tiempo que una panda de gente insolvente va campando a sus anchas. El Estado de Derecho comienza a hacer aguas y la seguridad jurídica es ignorada cuando no directamente vulnerada. La convivencia pacífica y el respeto a lo ajeno son tomadas a choteo por grupúsculos de gente que en su vida han dado un palo al agua, con la mayor dejación del principio de autoridad.

Al margen de las proclamas electorales de los partidos políticos, el ciudadano responsable debe meditar sobre la trascendencia de su voto para el futuro de los suyos, preguntándose, entre otras cosas, sobre quién gestionará mejor la economía, quien defiende mejor la unidad de España, quién garantiza mejor la seguridad ciudadana o quien tiene a un líder más fiable. Palabras bonitas y acusaciones sobre corrupción vamos a escuchar sin cesar, olvidando que con la palabra no se come y que la corrupción, por desgracia, está inserta en los genes de nuestra sociedad.

Y quien tenga dudas que se pregunte, sin hacerse trampas en el solitario, donde y con quién invertiría sus ahorros, si los tuviera. Donde y con qué gobernantes abriría un negocio. Con qué autoridades se sentiría protegido, tanto él, como su familia y sus bienes. Y si le siguen perturbando dudas razonables, que observe sin prejuicios la realidad del país, que contraste unos y otros procederes. Y, de persistir dubitativo, que lea un poco sobre lo que ha ocurrido históricamente con teorías tan “buenistas” como las que muchos quieren vendernos estos días.

Quizá en la época de Internet y de las redes sociales la juventud habla y se instruye en pocas líneas habiéndose olvidado de empapar sus conocimientos con mayor enjundia.

Ello explicaría la tendencia electoral de las nuevas generaciones que, al fin y a la postre, serán las que recogerán el fruto de sus decisiones. Ojalá los viejos nos equivoquemos y sean ellos los que acierten, porque se trata de su futuro. El nuestro está ya vencido, pero al menos nos queda el consuelo de haberlos aconsejado. Pensar un poquito nunca está de más.

LUIS MARIN SICILIA

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