Autómatas y partidos políticos

  • Cuando un ciudadano vota a un partido, usted está obligado a pagarle, aunque se trate del partido que más aversión le produce.
  • Los partidos demonizan la abstención porque se traduce en menos subvenciones.
  • Suponer que en España hay “democracia” es como considerar un santo a Jack el Destripador.
  • Si usted no está contento con la situación política actual, y quiere cambiar las cosas, ¿por qué sigue haciendo lo mismo?
  • Dejar en este momento el destino de España en manos del consenso entre partidos políticos sería como dejarlo en manos de la omertá.

 


Mi artículo del jueves pasado, titulado “Votar es un error”, ha provocado reacciones en todos los sentidos: aplauso, indignación, miedo, contraargumentación, indiferencia, etcétera, y ha sido objeto de algunos comentarios, tanto en las redes sociales como de forma privada. No obstante, como su tema central no eran los participantes de Gran Hermano, los invitados de Sálvame, la Liga de Fútbol, o no tenía el morbo suficiente, no ha sido tan leído ni retuiteado como los artículos que he dedicado a casos de corrupción o a algún partido político, tales como “La sustituta de Alaya”, “Aználcollar: la historia jamás contada” o “C’s se ríe de los andaluces”, mis tres artículos más vistos.

No obstante, lo más importante, al menos para mí, es que ha supuesto un revulsivo, abriendo un debate muy interesante en la ciudadanía sobre la situación política de España, la configuración del Estado español, la libertad política, el posible significado de la votación y de la abstención, así como otros aspectos que, hasta ahora, pocas veces se ha tratado en mi entorno, en el ámbito de la política o en los medios de comunicación.

Sinceramente, ha sido muy grato para mí saber que hoy existen españoles (lástima que sean tan pocos) que observan, leen, escuchan, piensan y analizan los fundamentos o principios de sus actos. Siempre me ha llamado la atención la automatización que suele caracterizar las acciones de numerosas personas en muy diferentes ámbitos (familiar, laboral, social, etcétera), las cuales parecen actuar sin plantearse siquiera los motivos o fundamentos.

Posiblemente no sean tan casuales las frases “el ser humano es un animal de costumbres”, o aquella atribuida a Einstein “si buscas resultados distintos, no hagas siempre lo mismo”. Nos acostumbramos a nuestro entorno, a lo que conocemos y nos procura cierta seguridad. Buscamos nuestra zona de confort, donde no hay que involucrarse, evitando observar, estudiar y razonar antes de decidir.

No se ustedes, pero a mí me parece que una gran parte de los españoles ha dejado en manos de unos pocos la facultad de razonar, incluso la de decidir por ellos. Si observan con detalle lo que ocurre en el entorno político, los partidos se ponen de acuerdo para que el país funcione en beneficio de sus facciones, y el grueso de los españoles lo acepta como algo natural, participando en el juego de la más que evidente partitocracia aliñada con ciertas dosis de plutocracia. España está invadida por la corrupción social, educativa, cultural, política y económica, y la mayoría de españoles siguen manteniendo el mismo comportamiento: votar a algún partido, nuevo o antiguo, con la esperanza de que se producirá algún cambio. Y muchas veces, ante el bloqueo que produce el miedo a que llegue algo peor (algunos lo disfrazan de “prudencia” o “prevención”), ni siquiera se plantean votar en blanco, nulo o abstenerse.

¿Se ha parado a pensar alguna vez que cuando su vecino vota a un partido, supongamos que al que menos simpatía le causa, parte de sus impuestos va destinado a ese partido, vía subvención pública? Cualquier español con un mínimo de sentido común podría pensar que sería más justo que cada ciudadano elija si quiere o no darle su dinero a un partido u otro, o a ninguno. En España, usted no elige, son los partidos quienes eligen regalarse nuestro dinero. ¡Hay que ser muy necio, un masoquista o no tener ningún orgullo para admitir este engendro! Y no es el único: si tienen la paciencia de leer todos mis anteriores artículos y los de mis compañeros del diario, descubrirán un mundo de aberraciones.

Al final del artículo les expondré algunos datos sobre los beneficios económicos que obtienen los partidos con los votos que reciben…quizá con el suyo y el de sus vecinos.

No obstante, aclararé previamente algunas cuestiones que ustedes, los lectores, han planteado tras leer el citado artículo de la pasada semana.

Una de las cuestiones que más se ha repetido es que no votar significa quedarse “fuera del sistema”, y que uno pierde la “autoridad moral” para quejarse de las acciones de los políticos elegidos. Podría entenderlo si el abstencionista se convirtiera en un insumiso fiscal, incumpliera constantemente el ordenamiento jurídico (ser un “fuera de la Ley”) y se opusiera a cualquier autoridad del Estado, es decir, que fuera un “antisistema”. Pero abstenerse en una votación no implica todo eso, y menos aún si mantiene una lucha permanente por la Libertad que la partitocracia no permite. Y desde la sociedad civil puede hacerse a través de la educación, la información, el debate público, etcétera. La abstención no sería pasiva, típica del que no quiere saber nada de la política, sino activa, con un objetivo concreto, que es lo que defiendo.

Además, es tan absurdo el planteamiento como creer que cada vez que un diputado se abstiene en una votación en el Parlamento o Congreso, se queda fuera del sistema o deja fuera del sistema a los ciudadanos que en teoría representa.

Y doy por supuesto que desde el momento que, de forma obligada, pago un euro en impuestos procedente del esfuerzo de mi trabajo, estoy no sólo legitimado para quejarme de cualquier abuso o arbitrariedad del cargo público, sino incluso para exigir lo que estime conveniente a mis intereses y en defensa de mis derechos y libertades, que bien mermadas están. ¡Faltaría más!

Creer que en España hay democracia sólo puede ser eso: una creencia, un dogma. Son tantas las pruebas de lo contrario que sólo un creyente con fe puede mantener lo contrario. ¿Cómo podemos considerar natural, en pleno siglo XXI, que haya políticos en los Parlamentos que pertenecen a su vez al Poder ejecutivo, al Gobierno de turno? En Andalucía, por no ir más lejos, seis diputados –más la Presidenta- son a su vez Consejeros del Gobierno, es decir, ¡el sistema les permite “controlarse” a sí mismos! Y si analizamos cómo elegimos a los supuestos representantes, o la dependencia del poder judicial del poder ejecutivo, suponer que en España hay democracia es como considerar un santo a Jack el Destripador.

¿Ante estas tergiversaciones seguiremos participando en el juego que los actuales partidos políticos nos proponen? ¿Seguiremos legitimando este disparate de degeneración de la democracia, que precisamente constituye el origen de los vicios que padecemos, entre ellos la corrupción?

Mi planteamiento es otro bien distinto: cuando un español vota en la actual “partitocracia-plutocracia”, legitima esta degeneración de la democracia, y cada vez que cedemos nuestra soberanía a los partidos, es decir, las facultades exorbitantes que tienen atribuidas los poderes públicos del Estado español –que podrían limitarse constitucionalmente-, consentimos que abusen impunemente de esas facultades, porque este régimen infame de elección de representantes (listas elaboradas por los partidos, abiertas o cerradas) y este sistema sin separación de poderes y sin libertad, lo permite.

En la España de hoy, ningún miembro de una Asamblea de representantes (Congreso o Parlamento) se debe a los ciudadanos, sólo a su partido. Es más, es tan absurdo el sistema de partidos que tenemos en España que hasta se castiga al diputado que vote algo distinto a lo que le ordene su partido –perdón, su facción dirigente-, aunque ese voto diferente pudiera beneficiar a una parte de la ciudadanía que se supone representa. ¿No les parece suficientemente irracional?

También algún lector ha planteado que no votando se beneficia a los de siempre. Y digo yo: ¿votando no se acaba beneficiando al que llegue -o lleguen-, aunque sea nuevo? Es evidente que votando no se evitarán nuevos abusos de poder, porque las “reglas del juego” seguirán siendo las mismas, las que permiten los abusos ahora. Creer que cambiando de partido en el poder hay posibilidades de algún cambio es como creer que si cambio de médico, su nuevo tratamiento de los síntomas curará la grave enfermedad sin erradicar el origen. No se si me explico. ¿Qué efectividad tiene votar? ¿Acaso algún partido hará lo posible por cambiar “las reglas del juego” una vez ocupen los poderes del Estado? Aunque quisiera, no podría.

¿Por qué hay que aceptar unas reglas de juego que son un caldo de cultivo para los abusos de poder? ¿Acaso debemos confiar en la bondad de los que vayan ocupando el poder en cada momento, sin tener un sistema que garantice de verdad nuestras libertades políticas? Como dijo en 1788 James Madison en El Federalista (nº 51), “si los seres humanos fuésemos ángeles, no haría falta un gobierno, y si estuviésemos gobernados por ángeles, no haría falta tener controles externos o internos en el gobierno”. Pero no lo somos: la inmoralidad y la ambición existen, y confiar en las buenas intenciones de los seres humanos es de una ingenuidad absoluta. O diseñamos el sistema partiendo de la desconfianza, separando los poderes y definiendo frenos, equilibrios y contrapesos, o nunca solucionaremos el problema. Dejar en este momento el destino de España en manos del consenso entre partidos políticos sería como dejarlo en manos de la omertá.

Si efectuamos el simple ejercicio de analizar cada problema que tenemos en España relacionado con la organización política y administrativa del Estado, y buscamos sus raíces, casi siempre se llega al mismo origen: ausencia de separación de poderes, ausencia de representación de los diputados (se debe al partido, no a los ciudadanos), merma de libertades, etcétera. En resumidas cuentas, no hay democracia, sino partitocracia-plutocracia.

Decía antes que el miedo, ese factor tan bloqueante, ha llevado a algunos a defender que la abstención es un peligro ante lo que pueda venir, y que es preferible poner a algún partido de los considerados “moderados”, no extremistas, para evitar males mayores. No nos engañemos: esta es la mejor manera de perpetuar la corrupción en España. Cuando el PSOE de Felipe González degeneró con la corrupción, los GAL, etc., casi todos creímos que otro partido lo podría solucionar. Llegó el PP, y ya ven la mejoría… Y aunque llegase Podemos, Ciudadanos, UPyD, IU, o cualquier otro partido, pasaría lo mismo. El problema no se resolverá nunca cambiando partidos en el poder (tratando los síntomas de la enfermedad), sino configurando otro sistema más adecuado (curando la enfermedad). Y para hacerlo, hace falta aunar voluntad, inteligencia, libertad, experiencia, pluralidad, y un proceso definido previamente, que constituye otro debate de gran calado y trascendente para España.

¿Por qué surgen constantemente nuevos partidos “regeneradores”? Porque el sistema partitocrático, la ausencia de democracia, lleva el país a la deriva, hasta el punto de poder encontrarnos con la “tiranía de una mayoría”. Si los españoles ven desde hace muchos años que la clase política es impune, que la Justicia no funciona, que nos acribillan a impuestos para pagar los caprichos y las corrupciones de unos pocos, que progresar en la sociedad es más fácil si te vendes al partido de turno, etc., es lógico que el demagogo y el populista triunfe en esta sociedad tan mediocre. Desde estas líneas les auguro que el destino de España será una “oclocracia” si no adoptamos pronto la única salida que nos queda: un proceso o convención constituyente, que debe durar los meses que sean necesarios. Algunos defienden incluso un periodo previo de libertad constituyente.

Otros lectores han cuestionado la efectividad que puede tener la abstención, porque por muy alta que sea, el resultado de las elecciones siempre permitirá que haya partidos gobernando. ¿Acaso votando no se consigue que haya igualmente partidos gobernando, pero bendiciendo el sistema partitocrático? La abstención activa no acaba en la no votación, pues la batalla por cambiar el sistema es permanente. Si el ciudadano se conforma con no votar o votar cada cuatro años, sin esforzarse por cambiar el sistema, España no tendrá solución nunca, y la corrupción y los abusos de poder continuarán o se agravarán.

Las grandes Historias se inician siempre con un camino, por muy tortuoso y complejo que sea. Todas las decisiones importantes exigen un gran esfuerzo. Y si los españoles seguimos vegetando, dejando nuestro destino en manos de unos “bandidos y estúpidos” (definidos en mi artículo “Bandidos y estúpidos en los partidos”), es fácil que podamos degenerar, como decía antes, hacia una oclocracia, o incluso hacia una tiranía opresora de minorías.

Creo que es hora de detenerse en nuestra loca carrera hacia un destino incierto, y tras observar, informarse y reflexionar, debemos decidir la solución óptima para España sin ninguna clase de complejos, en total libertad.

Gastos electorales y subvenciones a partidos.

Como dije anteriormente, los grandes beneficiados de cada votación no somos los ciudadanos, sino los partidos políticos. Resulta muy llamativo que las dos Órdenes del Ministerio de Hacienda, de 2015 y 2016, publicadas en los cinco días primeros tras la convocatoria de las elecciones del 20D y 26J, mantengan idénticos importes en las subvenciones. Algunos partidos han propuesto disminuir los costes electorales de los envíos postales, pero ninguno ha declarado que renunciarán a cobrar las subvenciones por escaño y voto obtenido. Todos quieren que ustedes y yo les paguemos las campañas electorales obligatoriamente.

Los gastos referidos están regulados en la Orden HAP/2272/2015, de 30 de octubre, por la que se fijan las cantidades de las subvenciones a los gastos originados por actividades electorales para las elecciones generales de 20 de diciembre de 2015 (BOE de 31/10/2015), y en la Orden HAP/666/2016, de 5 de mayo, por la que se fijan las cantidades de las subvenciones a los gastos originados por actividades electorales para las elecciones generales de 26 de junio de 2016 (BOE de 07/05/2016). En resumen sería:

  1. a) Subvención de 167,64 euros por cada escaño obtenido en el Congreso de los Diputados o en el Senado.
  2. b) Subvención de 0,81 euros por cada uno de los votos obtenidos por cada candidatura al Congreso, uno de cuyos miembros, al menos, hubiera obtenido escaño de Diputado.
  3. c) Subvención de 0,32 euros por cada uno de los votos obtenidos por cada candidato que hubiera obtenido escaño de Senador.

El límite de los gastos electorales para las elecciones a las Cortes Generales o a cualquiera de sus Cámaras, es el que resulta de multiplicar por 0,37 euros el número de habitantes correspondiente a las poblaciones de derecho de las circunscripciones donde presente sus candidaturas cada partido, federación, coalición o agrupación (unos 13,5 millones de euros).

En la elecciones pasadas del 20-D, los gastos declarados por los partidos fueron los siguientes: el PP, 12 millones de euros; el PSOE, 9 millones; Ciudadanos, 4 millones; Podemos, 3’6 millones; IU, 2’5 millones. Ahora se repetirá el 26J. Si añadimos lo que reciben en las elecciones autonómicas (17) y locales, ¿siguen creyendo que en España hay democracia? Por ponerles un ejemplo, en las últimas elecciones andaluzas estas fueron las subvenciones recibidas: PSOE-A, 4’43 millones; PP-A, 3’18 millones; IU, 1’10 millones; Podemos, 0’416 millones; C’s, 255.160,99 euros.

Ya saben en qué se traducen los votos a los partidos. Es evidente que son partidos de Estado, y un gran negocio. Si quieren seguir legitimando esta aberración, son libres de seguir haciéndolo, pero es muy injusto e indignante que el sistema permita a los partidos aprovecharse, a través de los ciudadanos que les votan, del esfuerzo y trabajo de cada contribuyente traducido en impuestos, voten o no, para alimentar a las facciones de esos partidos. Por eso los partidos demonizan la abstención: ¡¡porque no se traduce en subvención!! ¡Es muy perverso!

Y tan culpables son los partidos como los españoles que votan a alguno de ellos, pues deberían tener en cuenta que participando en su juego se convierten en coautores al facilitar que se pague a los partidos también con el dinero de los que no votamos y tributamos, sin posibilidad alguna de oponernos. Es una coacción más del sistema partitocrático que rige España. ¿Aún siguen pensando que hay democracia?

Por otro lado, también se subvenciona a los partidos, federaciones, coaliciones o agrupaciones, los gastos electorales originados por el envío directo y personal a los electores de sobres y papeletas electorales o de propaganda y publicidad electoral, abonando 0,18 euros por elector en cada una de las circunscripciones en las que haya presentado lista al Congreso de los Diputados y al Senado, siempre que la candidatura de referencia hubiera obtenido el número de Diputados o Senadores o de votos preciso para constituir un Grupo Parlamentario en una u otra Cámara. La obtención de Grupo Parlamentario en ambas Cámaras no dará derecho a percibir la subvención más que una sola vez.

La subvención por gastos de envío directo no estará incluida dentro del límite previsto anteriormente, siempre que se haya justificado la realización efectiva de la actividad. Y claro, esta es la partida más alta: 49,2 millones de euros, destinados a los envíos postales, en las elecciones del 20D.

Aparte están los inevitables gastos electorales de personal, representación de la Administración, Fuerzas Seguridad, Juntas electorales, miembros mesas, acondicionamiento locales, Ayuntamientos, impresos y papeletas, empaquetado, distribución, adquisición y montaje de urnas y cabinas, locales de almacenamiento, escrutinio provisional, etcétera, que ascienden a unos 87 millones de euros.

Coda.- La abstención activa no es un fin, es un medio para conseguir lo verdaderamente importante: iniciar el camino para lograr un Estado basado en la libertad, en el que ni las facciones de la sociedad ni las partes en las que se divida su gobierno –poderes- puedan en algún momento dominar unas a otras.

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