La reverencia al son

 

Nuestra Democristiana Monarquía española (sea dicho siempre en este mismo orden, a la sazón debería decirse siempre de aquesta manera), en principio asemeja ser algo así como un sometimiento de orden cien por cien inverecundo que un deficiente y muy armado sistema de leyes asaz constitucionales, tan absolutas cuan injustas e hipócritas a más no poder, indiscriminadamente ejerce, y de qué manera, sobre el aguerrido pelaje de la muy esquilmada población, también sobre la muy embrutecida voluntad del probo ciudadano que, quieras que no, deberá seguir aguantando marea, tanto si le gusta y aprueba el Preceptivo Sistema consuetudinariamente establecido de antemano, como si no; por lo tanto, el pueblo en cuestión, sí tiene voz y voto político, mas no mando suficiente como para dirigir el angustioso camino de su muy espinoso destino, secularmente dictado a priori, o sea, escrito tiempo ha; así que no le queda más opción que seguir luchando a ultranza: su libertad de pensamiento no es para menos; o, en cambio, también puede optar por la resignación y, consecuentemente, postrarse, doblegarse y arrodillarse frente al ingente yugo, y digo bien, que muy a modo de condena le oprime el muy domesticado testuz diariamente maniatado, engañado y manipulado a conciencia, a voluntad y a fuer de opresión mediática; constituyendo así un sistema social y político cuyo parentesco con la prístina justicia verdaderamente justa y real, desde luego deja mucho que desear, por cuanto dista sobremanera; llegando a ser, por tanto, el vil resultado de una imposición soberana, cuya extrema aproximación con la libertad, por mala ventura está cabalmente sembrada de bajas insignes, tantas bajas ilustres como triunfos, protomártires y medallas de oro pueda albergar, tener y atesorar nuestra cicatera Monarquía Democristiana al uso de la inverecunda hipocresía de marras, es decir, al uso del ser que, efectivamente, tiende a devenir en insania y por supuesto de la criatura que, aun teniendo todo en su sitio, sin embargo se presenta punto menos que miope (óptica deformada), válgale con respecto a la cruda realidad del entorno. Es otro decir: el reflejo de una dictadura mayormente social que enhoramala juega siempre a la baja y además haciendo trampa, cuando no, mintiendo y estafando a discreción, luego es la perversidad quien parte y reparte y siempre se lleva la mejor parte; luego es la maldad quien manda, la depravación dirige, la demencia domina y la falsedad capitanea el barco de nuestra nación –siempre a la deriva cual si fuese un coco flotando sobre un piélago de olas encabritadas–. El verdadero pensamiento del ya soliviantado pueblo español, tanto el sometido como el opresor, en efecto reza así: Esto está, habida cuenta de gentuza, juarda y depravación, de bote en bote corrompido, infectado y podrido (medio mundo deviene criticando al otro medio: opresores contra oprimidos, seres humanos, que digo yo, bregando contra las personas, en fin, ortodoxos contra heterodoxos). SOROLLA. Benito Pérez Galdós

También hay quien piensa que la culpa de todo la tiene el ingenuo votante español, el tragaldabas y masoca e ignorante votante español no usufructuario del catingudo pastel constitucional, por cuanto sigue erre que erre, votando a la mínima ocasión, pese a que estén dándosela, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, con lactante y nutritivo queso gruyer o, en su defecto, helvético.

No quisiera ser pretencioso ni tampoco un pájaro de mal agüero, pero, a mi entender, lo primero que, en efecto, debería hacer un Gobierno entrante, cualesquiera que sean sus ideologías, es pedirle –ya que no rendirle– cuentas al saliente, sobre todo, ante todo y más que nunca, cuando el país en cuestión deviene saqueado a traición, espoliado a conciencia y abandonado a su suerte, y si los números no cuadran y la cosa huele a chamusquina y el asunto se ha salido de madre, pues entonces, todos los salientes de patitas a la rúa y desfilando de uno en uno luego en dirección al Tribunal Constitucional, antes Teatro Lope de Vega, ahora Teatro José Zorrilla, después Teatro Calderón de la Barca, que para eso mismo está levantado y no para chupar de la gran ubre nacional y seguir haciendo el indio (ya lo dijo Hipócrates: “La vida es breve, largo el arte”). Pero, claro, hoy por ti, mañana por mí, y así va España, de juarda en juarda, de oca en oca y robo porque me toca, le pasa lo mismo que al hombre con respecto a la mujer, que siempre va de sorpresa en sorpresa, más aún, de sorpresa en susto y de pasmo en estupor. Todo empezó cuando se nos dijo que vivíamos en un país democrático, lo cual es mentira; todo empezó cuando se nos dijo que hay Justicia, lo cual es a todas luces incierto; todo empezó cuando se nos dijo que Hacienda somos todos, lo cual es falso, mentira y además una tomadura de pelo que no se la salta ni siquiera un gitano en plena retirada (por cierto: la Gitanería también existe y no solamente para ser criticada); todo empezó cuando se nos dijo que la Constitución protege los derechos del ciudadano, lo cual es irrisorio y harto ridículo y asaz embustero; todo empezó cuando se nos impuso una Monarquía que la gran mayoría de españoles, a la luz de los nefastos acontecimientos, desgraciadamente ha dejado de desear, por consiguiente, aqueste desaguisado huele más bien a feudalismo, a retrógrado y atávico y despótico Sistema Feudal, en donde Dios, el Rey y la Dama (o séase Romanticismo: fuera cosa, misterio o gravamen que Nietzsche no entendió demasiado bien), tajo parejo impera, manda y aprueba, por lo tanto, el lema: “Sin Dios ni Rey ni Amo”, bien mirado, tampoco resulta ser demasiado descabellado que digamos, máxime cuando todo los españoles de pro seguimos esperando de largo la insólita llegada de una Democracia bien entendida, y no sólo hablo en nombre de mi generación… ¡Quédese con la copla!

A título personal, no soy nada, nada de nada, quiero decir: ni rojo, ni fascista, ni cristiano, ni pío, ni católico, ni sindicalista, ni extremista, ni comunista, ni socialista, ni falangista, ni populista, ni gregario, ni liberal, ni democrático, ni bohemio, ni monárquico, ni republicano, ni nacionalista, ni alcohólico, ni putero, ni futbolero, ni tertuliano, ni paseante en cortes ni nada de nada, salvo escritor y quizá persona (lo de ser hombre, tal y como está el patio, me da un poco de vergüenza decirlo en público), en virtud de lo cual creo denodadamente en la suprema libertad humana, y si un Gobierno, el que fuere, lo hace mal, se vota y se quita; y si una Monarquía está corrupta, se vota y se quita; y si Europa nos aporta una de cal y dos de arena, se vota y se aparta; y si la Constitución está obsoleta, se vota y se cambia por otra mejor y más justa y menos en diente de sierra que la preceptiva; y así, sucesivamente, hasta darnos de cabezazos contra la dura piedra filosofal del mundo que no es cubil,  sino venero de lamentaciones y profuso hontanar de fantasías varias.

Nuestro clima es inmejorable; nuestra Península Ibérica es perfecta; nuestra alimentación, la mejor del mundo; nuestro idioma, lo más bello que ha parido madre; nuestro patrimonio, excepcional; nuestra voluntad, noble en esencia. A poco que nos esforzáramos todos y todas, sin duda volveríamos a ser la nación más ejemplar del mundo mundial, simplemente es cuestión de hacer las cosas bien, ¡y no del revés!, repito: ¡Y NO DEL REVÉS! (que es actitud más propia de tuercebotas y arpías), cuanto más que todo lo retorcido, todo lo que hoy sea tajo parejo robado y cometido y aun perpetrado a traición, mañana, empero, tal que así será gastado entre medicinas, quirófanos y osarios de muy mal fario. Nuestra mayor defensa frente al beligerante y muy belicoso mundo, no es el ejército propiamente dicho, sino la celebérrima calidad de nuestra rica personalidad, mundialmente conocida, más aún, mundialmente reconocida; si bien es verdad que no somos los putativos padres de la filosofía (sálvese Séneca, Luis Vives, Gracián, Gasset y paren de contar; lo de Unamuno, Menéndez y Pelayo, Cadalso o Menéndez Pidal, al trasunto no sabría cómo llamarlo), sin embargo, sí somos los consanguíneos padres de la Literatura, que no es cubil, sino arte en expansión. Así pues, lo mismo nos habría de tener a los españoles aperturistas el que seamos (todos beocios; perdón, se me ha escapado sin querer), quise decir gallegos, catalanes, vascos, manchegos, andaluces, extremeños, riojanos, castellanos, aragoneses, valencianos, murcianos, cántabros, asturianos, canarios, ceutíes, melillenses, mallorquines, ibicencos, menorquines o madrileños…, si bien porque lo importante de veras es el Trueque, tanto social como estatal y económico, y con eso nos vale, nos sobra y nos basta para vivir y ser la envidia del mundo entero. Seamos una estirpe tan digna cuan condigna, por favor, con respecto a nuestro insalvable destino humano; hagamos todos juntos un soberano ejercicio de higiene mental; volvamos, pues, a retomar las riendas de la vida que una madre nos granjeó otrora.

Yo creo que ya va siendo hora de sembrar la semilla del bien y, por extensión, empezar a ser personas civilizadas, cabalmente razonables, sensatas y ordenadas… Además, a nadie le gusta sentirse cual si fuese un judío a punto de ser rapado no por mor de los piojos –al igual que las pomposas e hirsutas y aristocráticas pelucas del Barroco–, sino en beneficio de la inverecunda miasma Estatal, cuasi rayana en sarna. Luego es preciso confesar aquí, una vez llegados al punto y mucho antes de concluir definitivamente este bonito ensayo, sea con la típica puntilla que tajo parejo nos define y caracteriza, el atavío, el boato, el ajuar de un pensamiento ulteriormente derivado a partir de una apreciación pura y particularmente personal, que no por escueto dejará de ser escrito, si cuadra, cabe y encaja, este mismo es a saber: Aunque parezca mentira, completamente mentira, creo poder detectar una rémora verdaderamente positiva, respecto a las últimas décadas de corrupción y degeneración de todas las virtudes todavía existentes, es decir: lo mejor y más admirable de esta España nuestra, tan corrupta cuan degenerada y tan depravada cuan demencial, consecuentemente ha salido a flote y, por elevación, se ha dejado ver tal que así, lo cual no es poco milagro en ciernes: me refiero, bien claro está, a todas esas personas extremadamente decentes y totalmente dignas de admiración que comoquiera luchan por y para fomentar la verdad, la prístina verdad, la única verdad que grosso modo existe por aquestos lares… Mis páginas, en lo sucesivo serán su primer regalo, siempre para solaz de sus respectivas manos, un regalo que, a ser posible, les entregaré en persona.

Es ahora cuando debería sonar el maldito teléfono de marras, o bien el timbre del patio, o bien los mamporros golpeando la puerta blindada, o bien las sirenas de los cuerpos de seguridad, o bien el rotor del helicóptero que presto se avecina en la terraza de arriba, o bien el crujir de los inquisidores troncos que, flamígeros, ya devienen en llamas… ¡Qué raro y extraño viene a ser este incómodo y sepulcral silencio punto menos que mortuorio, tantos siglos mantenido a pie de obra!

Diógenes, el mismísimo Diógenes, con un farol en la mano, se paseaba por las calles de Atenas, las más vecesbuscando un hombre: no es extraño, pues, que terminara sus días viviendo en un tonel (al igual que hacía Mike Oldfield en Mallorca, toda vez metido dentro de una tinaja de tamaño familiar, y digo hacía, no porque haya muerto, ¡válgame Dios!, más bien porque hace ya muchos años que perdió la inspiración, quién sabe si hundida en el fondo de la idiosincrática mediocridad).

El hombre inmune, con el mismo cinismo de aquél, enhorabuena tiene preparado ya su pertinente candil al uso, pero, ahora, es menester buscar una persona, puesto que el orgullo masculino ya fue erradicado hace mucho tiempo atrás, por la gran trocadora de voluntades ajenas.

Asimismo resulta extraño, también metafísico y sorprendente, el hecho de que todas las semanas en curso, prácticamente sea asesinada una mujer, una esposa, una futurible ex mujer, ya en vías de recibir su correspondiente manumisión existencial, horra de grilletes, libre de cualesquiera clases de ataduras, mazmorras o ergástulas al uso, siempre hollada a manos de un hombre punto menos que encolerizado, furibundo o colérico, lo que viene ser lo mismo, ya sea su novio, su amante, su marido o su ex marido que, a la limón, se carga a los hijos en ciernes, se vuela la tapa de los sesos y en paz, amén, todo sin solución de continuidad (que alguien prepare un tila): fuera llevada la locura al colmo, algo así como la locura por antonomasia, el fruto de la locura por excelencia, la locura en esencia: no es por nada en particular, pero, a mi entender, un acto así no se hace por amor al arte, ni tampoco se acomete de buenas a primeras, digo yo que alguna poderosa razón, alguna causa mayor, algún potente motivo o algún animoso resorte, a buen seguro debe andar oculto tras de todo ello y, a juzgar por los trágicos desenlaces que así o asá provoca y granjea, desde luego no debe ser ninguna cosa baladí, ni tampoco una inane fruslería, moco de pavo, agua de borrajas, música de flauta o vulgar cuento chino, más aún: esta clase de hombres descomulgados, ora asesina, ora suicida, a juzgar por mi nutrida y holgada experiencia en la materia, efectivamente carece de luces, adolece de temple y ayuna de capacidad analítica, mas no por mor de la aberración que hacen –entiéndase bien–, sino, exactamente, por aquello que dejan de hacer, toda vez concentrados, fijados y descocadamente cebados en la prepotente perversidad femenina, cuando lo mejor y más práctico es atenerse al divorcio y santas pascuas, cada uno por su lado y la inteligente misoginia de Schopenhauer en medio, cabalmente cargada de razón, en virtud de lo cual, todos y todas las aquí presentes nos ahorraríamos muchos disgustos, muchos quebraderos de cabeza y muchos paseos al cementerio, siempre bucólico, lacónico y melancólico.

Por lo demás, tal como dije en mi último libro, nadie tiene derecho a decidir sobre la vida en ciernes, tanto menos todavía si lo hace en calidad de hombre, es decir, ningún hombre tiene derecho a decidir sobre el devenir, el embarazo o el aborto de la mujer… Y la Democracia, mientras tanto, a lo suyo, que no es precisamente la política, sino la hipocresía elevada a la enésima potencia, y por eso mismo, en cuanto uno entra en Internet, lo primero que se encuentra es un buen rosario de pornografía infantil y otras cosas por el estilo (las Operadoras se encargan de lo demás), todas perseguidas por la Ley, al igual que los chorizos, los corruptos, la pederastia, tanto religiosa como civil o pública, según se mire, y las ingentes evasiones fiscales: quienquiera puede reírse bien a gusto, si así le viniere en gana.

Todo y más aún acontece, mientras el gran circo de la democracia, indiferente, continúa a lo suyo, esto es: al pillaje. ¿Acaso soy el único iluminado que entrevé una buena dosis de salvajismo, lo mismo aquí, allí, allá que acá y acullá? ¡Qué grandísimo hatajo de desgraciados, asesinando a la madre de sus propios hijos! Y si les das una bandera, un uniforme y un fusil, pues entonces, apaga y vámonos, los hombres, cual niños de recreo, ya se vienen arriba y todo, cabalmente dirigidos por algún perínclito pelagatos, vulgo archidiablo, que les ordena matar a muerte, hasta morir en el muy honorable campo de batalla: tal era su optimista visión de la vida.

No es por nada en concreto, pero, a lo que veo, juraría que vivimos metafísicamente inmersos en una farsa, somos educados por farsantes, enamorados por farsantes, enlabiados por farsantes, engañados por farsantes, nos hacen creer en la farsa –con la TV y el cinematógrafo a la cabeza–, nos inoculan la farsa desde pequeñitos, nos programan para solaz de una farsa ridícula en donde la verdad, la sinceridad y la libertad, enhoramala fueron trabucadas por la mentira, la falsedad y el sometimiento, todo en pos de la animalidad y para solaz del egoísmo que subyace consubstancialmente en la inconsciente voluntad de la especie (la palabra favorita de Baroja, era: “farsa”; la de Nietzsche: “lícito”; la de Cervantes: “yogar”, puesto que la menciona, en su obra magna, una sola vez, si mal no recuerdo: verse con carácter retroactivo).

Ante el grosor de una locura semejante, ¿qué carajo se puede decir, qué demonios se puede hacer, qué diablos debemos pensar las personas que aún vamos quedando en pie, luego en calidad de cuerdas?

Casi me da vergüenza decirlo, pero, en efecto, España ha vuelto a las andadas, vuelta la burra al trigo, vuelta a empezar de cero, siempre caminando como los cangrejos: se diría que el político de marras, es oriundo de la secular raza materna, por cuanto trae denominación de origen y todo, en el Siglo XXI lo mismo que durante el XIV. Cuando la parroquia, la política y la aristocracia, tajo parejo se enteren de que el Medievo ya pasó de largo trajín, desde luego se armará la de San Quintín: el susto será de órdago.

 

José Javier Martínez

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