Tres razones por las que hay que votar

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Me gustan las conferencias de García Trevijano. Me gustan sus sesudos planteamientos. Respeto profundamente su trayectoria vital y los sueños de aquellos que siguen sus postulados. El primero de todos es, ya lo saben, el de la abstención. Según los admiradores de Trevijano, si nadie votara en las elecciones los políticos españoles se harían el harakiri, o volverían al menos en la nave espacial que tienen aparcada bajo los edificios de Paco el Pocero al planeta del que vinieron a invadirnos el 6 de diciembre de 1978. Porque, según los trevijanistas, en España no hay democracia. Pues bien, con este artículo pretendo explicarles mi oposición frontal al planteamiento de la abstención, así como darles tres razones para animarles a votar (y que también animen a los suyos).

Pimera: Idealización de la democracia en Estados Unidos

 

Los trevijanistas utilizan siempre el ejemplo de Estados Unidos como única democracia pura y dura en el Mundo, por tener un sistema de elección donde los electores votan a un representante directamente y no a un partido, y por haber aparentemente independencia de los tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial). Este último argumento es muy pobre, por no decir falso. Si acuden ustedes al artículo del USA Today ‘Judiciary tips Toward Democrats’ (9/10 de noviembre de 2013), leerán a Richard Wolf informando de la paridad entre jueces demócratas y republicanos en la Corte de Apelación y en la Corte Suprema tras los últimos nombramientos de Obama. O pueden acudir también a la edición impresa del prestigioso International New York Times para enterarse por Albert Hunt de cómo los republicanos eran ya en diciembre de 2015 mayoría de los jueces nombrados en la Corte Suprema (26/12/2015). Por último, pueden dirigirse a una noticia más reciente (y chocante) del Wall Street Journal, del 18 del pasado abril, en la que se da a conocer una encuesta donde la mayoría de los americanos preguntados (más del 50 %) pide que el Senado someta a votación el nombramiento por el presidente Barack Obama del juez Merrick Garland para la Corte Suprema (Public Support Grows for Senate Vote on Supreme Court Seat This Year, Poll finds, 18/4/2016). Todo esto, sin entrar a analizar siquiera las muchas burlas de la revista The Economist hacia la administración Obama por su abuso de decretos ejecutivos saltándose los poderes del Congreso.

Segunda: La abstención no sirve de revulsivo

La propuesta de abstención activa, como llaman los trevijanistas a su propuesta de traer la ‘libertad política’ a España, carece de fundamento si miramos a casos ya existentes en la democracia española en los que una alta abstención no ha bloqueado, sino más bien al contrario, la situación política. Echemos un ojo al Estatuto de Autonomía de Andalucía, aprobado en 2007. Según datos de agencias, la participación se situó en el 36,28 % del censo, y los votos negativos alcanzaron un 9,48 %, por lo que, si las matemáticas no me fallan, un elemento tan importante como un Estatuto (que en su artículo primero define a Andalucía nada menos que como nacionalidad histórica) salió adelante en la comunidad autónoma con la aprobación de un pírrico 32,85 % de la población. Si se dio luz verde a un texto sagrado con una abstención tan bestial, quién garantiza a los españoles que siguen a García Trevijano -y al resto- que quedarse en casa en unas elecciones generales va a obligar a los Chaves, Rajoy, Puigdemont, Villalobos, Iglesias y Errejones de turno a encerrarse en un convento para siempre y dar paso a un sistema como el americano que, como ya he detallado en la primera razón, tampoco es perfecto?

Tercera: la abstención sólo conduce al populismo

En 1998, cuando Hugo Chávez fue elegido presidente de Venezuela, la abstención había sido del 36,55 % (en las anteriores de 1993 había llegado al 40 %). Y es que nadie nos garantiza que los políticos o periodistas del futuro interpretarán la abstención como un signo de rebelión contra el sistema o ‘la casta’, sino más bien como oportunidad de aprovecharse del cansancio de los ciudadanos ante unos dirigentes que son malos y que han de ser sustituidos por unos populistas que se presentan como buenos. Porque, como demuestra el caso de Venezuela (y el del PSOE español en 2011, cuando perdió más de cuatro millones de votantes), Chávez se aprovechó como se aprovecha ahora Podemos de un clima de hartazgo y desesperación que nubla cualquier posibilidad de análisis. A veces pienso que muchos abstencionistas lo que en realidad hacen es rendirse, y eso me preocupa. Se piensan, como dice Fernando Savater, que ellos son mejores que los idiotas que van a votar, y que si el país está mal gobierne quien gobierne no puede deberse a ellos, porque ellos no votan. Qué error, qué craso error!

Qué hacer?

Hay que votar, pero naturalmente no basta con votar. Ya he dicho al principio que respeto y me gustan algunos de los postulados de Trevijano. Por ejemplo, me parece aberrante que los partidos políticos estén financiados por el Estado. Pero es eso todo? Nos vamos a obsesionar con un par de árboles sin entrar en el bosque? Estoy convencido de que el problema de España no es solo una democracia deficiente, sino una falta total de participación por otros medios, llámesele prensa, debate o Educación con mayúsculas. La pregunta seria que deberíamos hacernos no es por qué votar, sino a quién votar. No es lo mismo Pablo Iglesias que Esperanza Aguirre, ni Donald Trump que Hillary Clinton, ni Marine Le Pen que Manuel Valls, ni Silvio Berlusconi que Enrico Letta.

Hay que votar, pero no a los que nos ponen delante de las narices. En numerosas ocasiones he denunciado la estafa que supone votar a los partidos que nos venden descaradamente en la tele cada noche (Ciudadanos, Podemos, PP y PSOE), censurando a otras opciones interesantes que crecen en las redes sociales. Por qué los trevijanistas no proponen una candidatura que recabe todos esos votos que ellos piden contener en la abstención, para, una vez en el Parlamento, denunciar desde tribunas suplementarias a la plataforma de Internet las deficiencias de nuestra democracia, el abuso de los medios de comunicación o la Ley de Financiación de Partidos? Creen acaso que no ganarían?

No, en España no falta democracia. No se engañen. Lo que falta es muchísima valentía!

 

 

Rafa G. García Cosio

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