Votar es un error

 

yo-no-votare-yo-si

Escuchaba ayer a un conocido periodista de radio decir que los partidos políticos en España eluden en lo posible el debate ideológico, dado que intentan evitar etiquetas o incluso que la hemeroteca les juegue una mala pasada al defender hoy lo contrario de lo que decían ayer.

Y no le falta razón. La indefinición ideológica ha sido incorporada por los partidos como una táctica más para confundir al electorado, para que el ciudadano no sepa realmente qué está votando. Pero esa ceremonia de la confusión llega mucho más lejos. En mi opinión, lo que realmente ocurre es que la inmensa mayoría de los españoles no saben qué modelo de país quieren, ya sea por las dudas que la realidad les suscita o porque desconocen las distintas maneras de poder organizarse políticamente un país, de lo que se aprovechan los partidos políticos. Nos hemos –o nos han- enredado en debates estériles de partidos, elecciones, candidatos, encuestas, etc., (el árbol), que a la partitocracia actual le interesa, y marginamos el meollo de la cuestión (el bosque), por miedo, desconocimiento o interés.

 

A continuación plantearé algunas preguntas sencillas sobre opciones para una posible organización política en España, con la intención de abrir otro debate de mayor calado, y que desde mi punto de vista, deberíamos abordar lo antes posible para salir del bucle en el que nos encontramos. No intento establecer premisas, sólo abrir un debate que muchos españoles temen sin motivo.

1) ¿Qué es más beneficioso para España, un Estado unitario o complejo? Es decir, un Estado con poder político centralizado –aunque administrativamente pueda descentralizarse en el territorio-, o un Estado con cierta descentralización política y administrativa, en Autonomías, Regiones o Estados, como prefieran llamarlo. Y en caso de elegir un Estado descentralizado políticamente, ¿qué modelo territorial diseñarían? ¿Habría igualdad entre las regiones, sin distinciones?

Y por supuesto, es obligado preguntar: ¿admite perder parte de la soberanía cediéndola a entidades supranacionales (Unión Europea, OTAN, etc.) y hasta qué límites?

2) ¿Qué organización prefiere para el Estado: democracia representativa, participativa o directa, en el que la titularidad del poder es del pueblo, y se constituye de abajo hacia arriba, o autocracia, donde el poder se constituye de arriba hacia abajo?

En sentido amplio, otra forma de organización sería la república o gobierno de la ley. En este caso lo consideraremos más adelante como una forma de gobierno, con separación de poderes.

3) Si elegimos la democracia para organizarnos, ¿cómo diseñamos el sistema para evitar riesgos tales como la “tiranía de la mayoría”, o la degeneración hacia estructuras tales como la partitocracia(deciden los partidos políticos en vez de los representantes elegidos por la ciudadanía), plutocracia(toma de decisiones a favor de los que ostentan las fuentes de riqueza, que por ejemplo pueden financiar inadecuadamente campañas electorales y partidos políticos), y oclocracia (conocido por “gobierno de la muchedumbre”, muy relacionada con la tiranía de la mayoría), que por la existencia de una ignorancia popular, por ejemplo, o de una poderosa acción demagógica, presenta una voluntad viciada, confusa, injuiciosa o irracional a la hora de abordar asuntos políticos.

4) ¿Qué forma de gobierno prefiere: monarquía, república, teocracia, etc., y qué tipo de las posibles en cada una de ellas –monarquía parlamentaria, monarquía semiconstitucional, república presidencialista, república semipresidencialista, teocracia cristiana, teocracia islámica, etc.-?

5) ¿Elegimos separar las funciones o facultades del Estado entre distintos poderes? En caso afirmativo, ¿cuántos y qué poderes definimos y garantizamos constitucionalmente para el Estado? Además de los clásicos Legislativo, Ejecutivo y Judicial, podrían definirse otros, como el Constituyente (originario y derivado), el de Información (medios de comunicación), el Electoral, etcétera.

6) Si ha elegido la separación de las facultades del Estado en varios poderes, ¿cómo los diseñamos y qué controles y contrapesos definimos para evitar abusos o arbitrariedades de todos ellos? ¿Qué funciones o facultades atribuimos a cada poder del Estado? ¿Qué modelo de financiación y autogestión elegimos para cada poder del Estado? La independencia económica de cada poder, ¿es fundamental? Y por supuesto, ¿cómo deben elegirse los representantes en cada poder del Estado (régimen electoral)?

7) Si decidimos que lo mejor para España es un Estado complejo: ¿cuántos niveles de gobiernodefinimos –estatal, autonómico, provincial, municipal…-, qué grado de autonomía para cada uno y qué distribución de competencias se haría entre ellos? ¿Qué modelo de financiación elegimos para cada nivel de gobierno? Tengan en cuenta que en función del número de competencias que atribuyamos al Estado, de los niveles de gobierno que elijamos, de la distribución que hagamos de esas competencias entre ellos y del modelo de financiación, dependerá en gran parte la recaudación de impuestos y tasas por el Estado.

Podría plantearles muchas más preguntas, por ejemplo, sobre funcionamiento de cada poder del Estado, las Administraciones Públicas y su Régimen Jurídico, modelo de empleo público, si son partidarios de un Estado liberal (más reducido con menos impuestos), conservador o socialdemócrata (menos reducido y con más impuestos), si es posible o no mantener el Estado del Bienestar, etcétera, pero creo que las preguntas planteadas anteriormente tienen ya demasiada enjundia.

Cuando un médico necesita determinar o identificar una enfermedad grave padecida por un paciente, su diagnóstico lo realiza en base al examen de los signos y los síntomas que presenta, investigando sus antecedentes y realizando analíticas. Una vez identificado el origen de la enfermedad, lo habitual es dirigir el tratamiento para su erradicación. Si el tratamiento con medicamentos se dirigiera a tratar exclusivamente los síntomas, la enfermedad no se curaría.

En la política española no es difícil observar y evaluar los signos y síntomas. Ir a votar cada cuatro años –o en menos tiempo, como ocurrirá ahora- es algo similar a tratar los síntomas, y la enfermedad seguirá ahí, oculta para muchos ciudadanos. Una gran parte de los españoles no llegan a identificar la “enfermedad” que padece nuestro país, y los partidos políticos intentan distraernos con “fuegos artificiales” para hacernos olvidar los síntomas de la enfermedad que padece el país. Pero la enfermedad sigue ahí, sin curarse, y dará la cara una y otra vez mientras no se erradique la o las causas.

Hace algo más de un año, Manu Ramos y Paco Bono, dos de los colaboradores de este diario, nos planteaban que la enfermedad que padece España –una partitocracia grave, sin libertad política- sólo puede curarse con un nuevo “medicamento”: un proceso constituyente, siguiendo las tesis de Antonio García-Trevijano. Y para ello, defienden la abstención en las elecciones como una fórmula necesaria para poder incitar el proceso. En el diagnóstico estaba completamente de acuerdo con ellos, y en el tratamiento –proceso constituyente- también, pero no en la fórmula para conseguir el “medicamento”: la abstención.

Muchos de ustedes no ven como solución un proceso constituyente –así me lo han indicado en varias ocasiones- por miedo a que se instaure en España un sistema peor del que padecemos actualmente. Pero eso sólo podría pasar si el proceso constituyente quedara en manos de un sector limitado de la sociedad y en condiciones anómalas, y eso no es un proceso constituyente, donde necesariamente tiene que haber representación y participación de amplios sectores de la sociedad española (intelectual, jurídica, política –nacional e internacional-, económica, empresarial, judicial, periodística, militar, seguridad, académica, etc.), de distintas partes del territorio y con unos niveles de conocimiento amplios y reconocidos, como punto de partida.

Antes no veía la abstención como un instrumento útil. Sin embargo, con el análisis permanente de la situación política, de los signos y síntomas (partitocracia reinante, corrupción generalizada, ausencia de separación de poderes que provoca impunidad, incultura y fracaso educativo, administraciones elefantiásicas, afán recaudatorio, medios de comunicación dependientes, etc.), con las experiencias que he vivido con personajes de la política española, de los medios de comunicación y de otros ámbitos sociales, con la lectura y el estudio de obras importantes, con el estudio de alternativas, mi pensamiento ha evolucionado, y debo reconocer que tenían razón, tanto Manu Ramos como Paco Bono.

No hay más fórmula que “deslegitimar” el sistema y la autoridad que, elección tras elección, cedemos a los partidos políticos, que son “partidos de Estado”, cartelizados hasta la médula. Los cargos públicos de los partidos se resistirán, porque se pone en riesgo su modus vivendi. Sus miembros jamás querrán cambiar su status actual, y sólo una acción conjunta de los ciudadanos podría provocar el proceso necesario. Eso sí, creo que además de abstenerse en las elecciones, hay otras formas que podrían contribuir a generar dicho proceso constituyente, como este artículo, debatir en público con políticos –lo evitarán- y ciudadanos, dar charlas o conferencias, etc. En definitiva, creando opinión, explicando a los ciudadanos por qué debemos fijar la vista en el bosque, no en el árbol, y curar la enfermedad tratando las causas, no exclusivamente los síntomas o dejándonos embaucar por los partidos.

En España, estimados lectores, no hay libertad política, sólo partitocracia. En las últimas elecciones voté en blanco, iniciando el camino hacia lo que definitivamente haré en las próximas elecciones y en las siguientes: abstenerme.

 

 

Luis Escribano

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