Sentido común contra la corrupción

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En mi camino por abandonar la indignación y empezar a conocer cuáles son las causas de la constante lluvia de casos de corrupción, mis reflexiones me han llevado a recalar sobre la pasión de corromperse, la más extendida en la partidocracia pues la falta de libertad política es precisamente lo que fomenta esta debilidad humana. Podemos decir que es la pasión dominante en el panorama español: tanto la de corromper como la de corromperse. Y no es la indiferencia la que ha promovido el desarrollo de la corrupción sino que ha sido la corrupción misma la que ha producido la indiferencia. Ante la mentira fundadora de la transición del 78, la insensibilidad moral es lo que ha permitido evitar la confesión de la impotencia para afrontar la verdad. La impotencia para decidir ser libre. Los electores pueden seguir votando al partido del crimen o al que viene a relevarlo. Su apatía moral ha surgido de la erosión de las conciencias por los deseos depravados tanto de satisfacer los placeres superficiales como la de simplemente estar tranquilos, que lo dejen en paz. Nadie quiere darse cuenta de que los políticos se corrompen siempre que tienen ocasión y poder para ello. El cinismo del español prefiere creer que son ángeles, los más ingenuos. Otros, conociendo los mecanismos de las prebendas simplemente esperan tener su ocasión para corromperse ellos mismos.

Este es el resultado de un régimen en el que la corrupción está en las instituciones de gobierno, en su origen y en sus reglas. Al tiempo que vemos el interminable fluir de casos que llamamos de “corrupción”, podemos preguntarnos cuál es el significado mismo de corrupción:

Primero hay que separar la corrupción personal, la concreta. La motivada por asuntos personales. Por otro lado la corrupción que es denunciada desde el sentimiento religioso. No me refiero a esos tipos de corrupción. La corrupción a la que me refiero es la que va contra el sentido común, un sentido común no como instinto de la naturaleza sino como formación intelectual, como resumen del trabajo histórico del pensamiento y la experiencia. De él recibimos la habilidad para tener criterio de orden biológico en la vida social y la jerarquía de valores culturales en los sentimientos de comunidad.

Teniendo claro, entonces, que no estamos hablando ni de la corrupción de la materia (tratada por la física) ni de la corrupción del espíritu (tratada por la religión): ¿qué corrompe la corrupción política?

El origen de la corrupción política, cuando hay libertades, está en la ausencia de un ideal en los propósitos de la vida común, en la falta de espiritualidad en la acción política. Y para que no se entienda la palabra espiritual como algo desprovisto de intereses materiales, como podría entenderse la espiritualidad religiosa, por ejemplo, o para que tampoco se entienda como algo engañoso al modo de las ideologías, quiero dejar claro que me refiero a la espiritualidad al modo en que en política se conoce como “espíritu público” o res publica. Cuando falta el espíritu público entonces se alimentan las pasiones insaciables de poder y de placer personal en la sociedad.

El espíritu público no es lo que hoy se conoce como opinión pública. Esto último es lo que teme el corrupto sin principios. Tampoco es lo que se denomina como “interés público” de la ley, vulnerado por el funcionario prevaricador. La Revolución Francesa trajo consigo este concepto, el de espíritu público, corrompiéndolo y malinterpretándolo junto con su perversa idea de “salud pública”.

No son estos conceptos abstractos a los que me refiero. Resulta un hecho paradójico que sea el despreciado “sentido común” el único criterio de que disponemos para saber qué es y qué no es corrupción. Nos referimos al sentido común como un hecho profundo, ese que no coincide jamás con la opinión común, ni con fanatismo ni con misticismos. Fuera del alcance del mundo científico, jurídico o artístico. Esos órdenes pertenecen a una espiritualidad superior a la política, pero no pueden ser del orden común. Por eso es frecuente que los genios de una espiritualidad elevada afronten asuntos de la cotidianeidad de formas y maneras que podríamos calificar de idiota. No es necesario señalar a científicos o artistas que no tienen remota idea de política. La pedantería y la sofisticación no superan en ellos la vulgaridad de sus serviles opiniones de esclavo.

La sofisticación es el gran enemigo del espíritu público. Lo único que pone orden en la amalgama de sofisticación política e intelectual, lo único que funciona con arreglo al verdadero valor que tienen las cosas en el sentido de la vida, en plena vorágine de la acción, en plena confusión entre medios y fines, es el tan poco usado sentido común.

Aquí es necesario hacer una referencia al que izó la bandera de dicho sentido, el inglés Thomas Paine, durante la primera guerra de independencia de una colonia. En su famoso libro “El sentido común”, comienza con esta clarividente aclaración inicial:

“Algunos escritores han confundido en tal forma la sociedad con el gobierno como para dejar poca o pequeña distinción entre ambos, a pesar de que no sólo son diferentes sino que tienen distintos orígenes. La sociedad es producida por nuestras necesidades y el gobierno por nuestra maldad; la anterior promueve nuestra felicidad positivamente al unir nuestros afectos, el posterior negativamente restringiendo nuestros vicios. La una alienta el intercambio, el otro crea distinciones. La primera es un protector, el último un castigador.

La sociedad, en cualquier estado es una bendición, pero el gobierno, aun en su mejor estado, no es sino un mal necesario; en su peor estado, uno intolerable: pues cuando sufrimos, o estamos expuestos a las mismas miserias por un gobierno que podríamos esperar en un país sin gobierno, nuestra, calamidad es acrecentada al reflexionar que nosotros proveemos  los medios por los cuales sufrimos”

Se comprueba en este texto cómo la defensa del sentido común, el que surge de la sociedad, de la vida, es el arma indicada contra la corrupción política, desbocada en un gobierno sin control. Gobierno como mal necesario, que comprende y nos recuerda la tendencia natural a la corrupción. Es el sentido común el que, en una sociedad con libertad política así como con libertades cimentadas en dicha base necesaria, el que fortalece el criterio sobre las tendencias a lo que García-Trevijano denomina como “mundanalidad”. No confundir con mundanidad. En la mundanidad hay una comprensión  y estimación de los valores sociales, a través de las debilidades humanas que los acompañan o producen. Las personas que comprenden la mundanidad, saben comportarse en toda clase de situaciones sociales porque han adquirido el hábito de permanecer indiferentes ante la corrupción de personas y círculos de poder o prestigio. Conocen los chismes de la vida ajena, pero ni los disfrutan ni los difunden. Simplemente van a lo suyo.

La mundanalidad, tiene en común con la mundanidad que se ocupa de las vidas ajenas, pero a diferencia de ésta, la mundanalidad hace del chisme, de la anécdota, el centro de la vida. Una vida sin esperanzas de encontrar sentido más allá del comentario de la anécdota, de lo marginal. No es la curiosidad, ni siquiera hay un intercambio. La mundanalidad en la sociedad es la demagogia de la igualdad amorfa. Un entretenimiento nacido de la transición que distrae y aleja el espíritu público de la libertad. No se trata de denunciar la vulgaridad de los objetos de las pasiones populares, ni la mediocridad de las ilusiones que padecen los españoles. Por muy lamentable que sea la degradación de las costumbres populares, se hace necesaria la existencia de una mentalidad de élite que señale estos comportamientos. Lo paradójico es que la entendida como élite cultural de la transición es la que se ha encargado de crear el ambiente propicio para la ostentación en la comisión de delitos económicos, la indiferencia ante el mal comportamiento público, la condescendencia con el corrupto, en general.

Es, precisamente apoyada en la pretendida élite cultural, como la corrupción ha encontrado su coartada social y visto alentada su razón de ser, libre de toda cortapisa que pudiera contraponer el sentido común al que aludimos. La clase política del Estado de partidos no habría llegado a las cotas de corrupción que sufrimos si no tuviera la asistencia partidista de unos tribunales y unos medios editoriales corrompidos a su vez por el sistema de nombramiento y concesión.

Por eso el análisis de la corrupción política debe centrarse en el comportamiento innoble de la clase dirigente, porque ha sido dicho comportamiento el que ha fomentado en los votantes, a través del ejemplo de las más altas autoridades del Estado y la selección cultural de contenidos degradantes en los medios de comunicación. Sin audiencia en los grandes canales de información, las pocas voces culturales que osan cuestionar el sistema de poder político y denuncian su falsedad desde el punto de vista de la libertad política y la necesidad de la sinceridad que la democracia formal comporta, carecen de eficacia.

No obstante, y para dejar un halo de esperanza, existen miles, incluso millones de españoles que aún conservan su conciencia moral individual. Españoles que no votan. Quizá sus voces no son bien oídas hoy, pero se van aglomerando para tener un lugar común dentro de la sociedad donde compartir su necesidad de abstenerse de esta farsa. Este será el verdadero motor del movimiento de liberación de la servidumbre voluntaria que sostiene el dominio de la oligarquía partidista instalada en el Estado. 

EL DEMOCRATA LIBERAL

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